🐚 De dónde viene el nombre “Tlalcilalcalpan”? 🐚

El nombre de nuestro pueblo tiene dos lecturas:
una habla del barrio y la organización del territorio,
la otra del caracol de tierra y la memoria ancestral del lugar.

Siglo XIX · Olaguíbel: el barrio

El historiador Manuel Olaguíbel propuso que Tlalcilalcalpan viene de tlaxilacalli (barrio o subdivisión del pueblo) + pan (sobre).

En esta lectura, el nombre significa “en las casas del barrio” o simplemente “pueblo”.

Es una interpretación ligada a la organización territorial de la época colonial, donde los tlaxilacalli eran las unidades básicas donde vivían las familias del calpulli.

Siglo XX · Garibay: el caracol de tierra

El filólogo Ángel María Garibay, apoyado en la tradición oral del pueblo, propuso otra descomposición:
tlalli (tierra) + cilin (caracolillo) + calli (casa) + pan (lugar).

Así, Tlalcilalcalpan se entiende como “lugar de los caracoles de tierra” o “casa de caracoles sobre la tierra”.

Los mayores recuerdan cuando el pueblo era un pueblito rodeado de magueyes y milpas donde abundaban caracoles, y el glifo toponímico oficial muestra un caracol sobre la tierra, reforzando esta interpretación.

Por eso, el caracol no es solo un símbolo bonito:
es la forma en que la propia tierra nombró a nuestro pueblo.

🪶 Orígenes prehispánicos en el Valle Matlatzinco

El antiguo Valle de Matlatzinco

San Francisco Tlalcilalcalpan se asienta en el antiguo Valle de Matlatzinco, hoy conocido como Valle de Toluca.

Aquí convivían tres grandes pueblos:

  • los matlatzincas, señores de la red;

  • los otomíes, que hoy siguen siendo la raíz principal del pueblo;

  • y los mazahuas, en las zonas más al norte.

Todos compartían un mismo origen lingüístico otomangue, y el valle funcionaba como un mosaico de comunidades agrícolas conectadas entre sí.

Vida en los calpullis

La organización básica no era el “municipio”, sino el calpulli:
una unidad de familias emparentadas que compartían:

  • tierras comunales (calpullalli),

  • un dios tutelar,

  • su propio templo,

  • autoridades locales (calpolleque),

  • y una escuela para los jóvenes (Telpochcalli).

Cada calpulli era una pequeña comunidad completa dentro del gran pueblo (altépetl).
El propio nombre de Tlalcilalcalpan, con la referencia al tlaxilacalli (barrio), sugiere que este asentamiento funcionaba como una subdivisión territorial dentro de ese sistema antiguo.

La llegada de los mexicas y el náhuatl

Entre 1474 y 1475, el tlatoani Axayácatl conquistó el Valle de Toluca para la Triple Alianza mexica.
Con esa conquista llegó también un cambio importante:

  • el náhuatl se convirtió en la lengua administrativa,

  • se reorganizaron tributos y autoridades,

  • y muchos pueblos otomíes recibieron nombres oficiales en náhuatl.

Por eso, aunque la raíz del pueblo es otomí, su nombre oficial Tlalcilalcalpan está en náhuatl:
es la huella de aquel momento en que el valle quedó bajo dominio mexica

⛪ Cuando llegó la cruz: el tiempo de los conquistadores y los franciscanos

De un valle lleno de calpullis y tierras comunales, Tlalcilalcalpan pasó a convertirse en un pueblo organizado alrededor de la iglesia.
Esta etapa marcó el inicio del nombre “San Francisco” y de muchas de las tradiciones que siguen vivas hasta hoy

La conquista del valle (1520–1521)

Entre 1520 y 1521, los españoles encabezados por Gonzalo de Sandoval, junto con un enorme ejército de aliados otomíes, sometieron los pueblos del Valle de Toluca.

El gobernador matlatzinca Tucoyotzin aceptó el bautismo y tomó el nombre de “Hernán Cortés”.

Con la caída del valle, comenzaron los primeros cambios profundos:

  • reorganización de tierras,

  • nuevos tributos,

  • encomiendas españolas,

  • y la llegada de nuevas autoridades.

La zona donde hoy está San Francisco Tlalcilalcalpan quedó bajo la encomienda de Juan de Sámano.
Era el inicio de un nuevo orden.

La llegada de los franciscanos

Los franciscanos fueron la primera orden religiosa en llegar a la Nueva España (1524).
Vinieron con una misión muy clara:
evangelizar y reorganizar la vida comunitaria.

Desde el convento de Metepec, comenzaron a recorrer los pueblos del valle, incluyendo Tlalcilalcalpan.

Su estilo de evangelización usaba:

  • capillas abiertas,

  • plazas amplias,

  • atrio central,

  • enseñanza en lengua indígena,

  • y fiestas patronales para unir fe y comunidad.

No impusieron solo religión: reorganizaron el pueblo alrededor de la iglesia, creando una nueva identidad colectiva:
San Francisco.

La construcción de la iglesia y la nueva vida del pueblo

La iglesia actual de San Francisco Tlalcilalcalpan conserva rasgos de la arquitectura franciscana:

  • planta de cruz,

  • bóveda de cañón,

  • cúpula ochavada,

  • fachada neoclásica del siglo XVIII.

La llegada de los frailes creó un nuevo centro de vida:
la plaza, el atrio y la fiesta del santo patrono.

Para finales del siglo XVI, la política colonial ordenó la congregación de pueblos: reunir a las familias en asentamientos centrales con iglesia y cabildo.

Así nació, formalmente, el pueblo que hoy conocemos como:
San Francisco Tlalcilalcalpan.

Las haciendas y el despojo de tierras

Paralelamente, crecieron las haciendas coloniales (Santa Cruz de los Patos, Santa María de Abajo, El Molino y otras), que tomaron grandes extensiones de tierras comunales.

Muchos habitantes quedaron como peones acasillados, viviendo y trabajando dentro de la hacienda.

Esta etapa dejó una huella profunda que más tarde detonaría una lucha histórica:
la recuperación de las tierras y la defensa del territorio

En esta mezcla de fe, despojo, reorganización y resistencia,
el pueblo se transformó, pero no perdió su raíz.

Aquí nació la identidad que seguimos viviendo hasta hoy.

🌾 La lucha por la tierra: Juan Corrales y la restitución ejidal (1922–1935)

En el siglo XX, San Francisco Tlalcilalcalpan vivió una de sus batallas más profundas: recuperar las tierras que habían sido arrebatadas desde la colonia.

Esta lucha tiene un nombre que sigue vivo en la memoria del pueblo: Juan Corrales, indígena otomí, campesino y líder comunitario.

Después de la Revolución

Aunque la Revolución Mexicana terminó oficialmente en 1920,
en Tlalcilalcalpan la tierra seguía concentrada en las haciendas coloniales, como Santa Cruz de los Patos y El Molino.

Muchas familias vivían como peones acasillados, sin derecho pleno sobre las parcelas que trabajaban.

La injusticia no había terminado… y el pueblo lo sabía.

Un líder nacido de la tierra

Juan Corrales, indígena otomí y campesino,
encabeza a partir de 1922 una lucha organizada para exigir la dotación ejidal.

No era político.
No era hacendado.

Era gente de pueblo, un hombre que conocía la tierra, la injusticia y la necesidad de recuperarla.

Su liderazgo unió a familias, barrios y trabajadores del campo para reclamar lo que por derecho era de todos.

El ejido más grande del municipio

Entre 1922 y 1935, gracias al movimiento encabezado por Corrales,
el pueblo logró la restitución de aproximadamente 3,414 hectáreas.

Esta dotación ejidal se convirtió en la más grande del municipio de Almoloya de Juárez.

No fue solo la recuperación de tierras:
fue la recuperación de dignidad, sustento y futuro.

El asesinato de Juan Corrales (1929)

El éxito de la lucha no quedó impune.

En 1929, Juan Corrales fue asesinado por caciques locales,
convirtiéndose en un símbolo de resistencia y sacrificio para San Francisco Tlalcilalcalpan.

Su muerte no detuvo el movimiento:
por el contrario, fortaleció la voluntad del pueblo para defender sus tierras y completar la dotación ejidal.

Una lucha que sigue viva

La memoria de Juan Corrales permanece en la comunidad como ejemplo de coraje, organización y dignidad indígena.

Su legado resurge cada vez que el pueblo defiende sus tierras, como en los conflictos de límites territoriales del siglo XXI. En San Francisco Tlalcilalcalpan,


la tierra no es solo trabajo: es identidad, historia y pertenencia.

La lucha por la tierra dejó algo más que hectáreas recuperadas:
dejó un pueblo que sabe que lo que se conquista con esfuerzo, se cuida con el alma.

🌄 De las milpas antiguas al pueblo que somos hoy

San Francisco Tlalcilalcalpan ha cambiado con el tiempo: de un valle agrícola con calpullis y tierras comunales, a una comunidad viva, trabajadora y en constante movimiento.

 

Pero algo no ha cambiado: la raíz que une a la gente con su tierra, su historia y su identidad.

.

🏔 Un pueblo a los pies del Xinantécatl

Nuestro pueblo está ubicado a 2,770 metros de altura,
en las faldas del Nevado de Toluca, un paisaje que marca la vida diaria desde hace siglos.

Aquí las mañanas son frías y neblinosas,
los mediodías cálidos,
y las tardes ventosas —un clima que ha acompañado a las milpas, los magueyes y las familias desde tiempos antiguos.

Hoy, como ayer, el Xinantécatl sigue siendo testigo y guardián del pueblo

🌽 Agricultura, trabajo y familia: la base

Aunque Tlalcilalcalpan hoy tiene más de 16 mil habitantes,
la vida comunitaria sigue girando alrededor del trabajo familiar, la agricultura y los oficios.

Sembrar maíz, criar animales, hacer barbacoa, trabajar la tierra o levantar un muro:
todo esto forma parte del ritmo cotidiano del pueblo.

Son trabajos pesados, pero hechos con devoción, disciplina y orgullo,
igual que los disfraces, máscaras y comparsas que se preparan para la fiesta.

🏘 Barrios, mayordomías y vida comunitaria

San Francisco Tlalcilalcalpan sigue funcionando como un pueblo organizado,
con barrios fuertes, comparsas familiares, bandas, y una estructura tradicional que se mantiene viva.

Las mayordomías siguen siendo el corazón de la organización religiosa, cívica y festiva.

Ese sentido de comunidad —donde todos se conocen, se ayudan y participan—
es la razón por la cual el pueblo ha podido sostener su identidad por más de 500 años.

🛍 La economía actual: comercio vivo y artesanal

Hoy, la comunidad tiene más de 550 negocios,
desde tienditas y ferreterías hasta talleres artesanales de máscaras, carpinterías, estéticas, loncherías, panaderías y oficios tradicionales.

La economía local es trabajo a mano, servicio directo y confianza entre vecinos.

Y aunque la modernidad ha llegado con internet, WhatsApp y redes sociales del pueblo,
el comercio se mantiene como siempre:
cercano, familiar y con palabra.

🎭 Tradición que evoluciona sin perder la raíz

El pueblo ha crecido, cambiado y se ha modernizado. Hay más jóvenes, más negocios, más movimiento.

 

Pero la tradición sigue siendo el centro: la fiesta patronal, el Paseo de los Locos, la artesanía, la música, las comparsas, la cocina, la devoción y el sentido de pertenencia.

 

San Francisco Tlalcilalcalpan no es un pueblo detenido: es un pueblo que evoluciona con memoria.

⭐ Datos demográficos

Indicador Dato
Población (2020) 16,509–17,235 habitantes
Hogares 4,014
Crecimiento 2010–2020 20–25%
Edad promedio 29 años
Escolaridad promedio 9–10 años
Distancia a Toluca 15 km

Entre el pasado indígena, la lucha por la tierra y la vida comunitaria actual, San Francisco Tlalcilalcalpan sigue siendo lo que siempre ha sido:
un pueblo con memoria, raíz y camino.

🎭 El Carnaval de los Locos: la tradición que nos define

Cada año, San Francisco Tlalcilalcalpan vive una de las tradiciones más antiguas, intensas y espectaculares del Estado de México:
el Carnaval de los Locos, también llamado Paseo de las Momias o Paseo de los Pregoneros.

Es una fiesta de devoción, trabajo, identidad y comunidad,
donde miles de personas se disfrazan para agradecer, honrar y celebrar.

🕊 Un ritual con más de 130 años de historia

La tradición nació hace más de 130 años,
cuando los pobladores salían con harapos,
ropa vieja desgarrada, pieles de borrego y máscaras rústicas para rendir homenaje a San Francisco de Asís.

La gente decía que los primeros participantes “parecían locos”,
igual que el santo, que renunció a su riqueza y fue incomprendido.

Con el tiempo, la tradición se volvió una explosión de creatividad, sátira y devoción.

👹 De harapos a criaturas fantásticas

Lo que comenzó como disfraces sencillos
se convirtió en una industria artesanal única en todo el Estado de México:
dragones, momias, demonios, personajes fantásticos y máscaras hechas a mano por familias del pueblo.

Los disfraces pueden costar entre $5,000 y $20,000 pesos,
y muchos toman meses de trabajo detallado.

Son obras de arte que mezclan tradición, creatividad y técnicas de efectos especiales.

👣 Un pueblo que camina, baila y celebra

La fiesta empieza el primer domingo después del 4 de octubre,
tras nueve novenarios que preparan espiritualmente al pueblo.

En el día grande:

  • participan entre 120 y 130 comparsas,

  • acompañadas por más de 100 bandas,

  • y el pueblo recibe de 20,000 a 50,000 visitantes.

Los participantes bailan 10 horas continuas,
recorriendo las calles en un ambiente de música, ruido, alegría y devoción.

💐 El santo patrono y la devoción que sostiene la fiesta

Al centro de todo está San Francisco de Asís.

La imagen del santo —una pintura del siglo XVIII— es retirada de la iglesia por la mayordomía, adornada con flores y semillas como agradecimiento por las cosechas.

La procesión dura 4 a 5 horas, y al final muchos hacen penitencia de rodillas en el atrio.

Esta tradición no es espectáculo:
es fe viva, trabajada por manos del pueblo.

🧵 Comparsas, barrios y familia: el alma del carnaval

Cada comparsa es un grupo familiar, vecinal o de amigos,
donde participan niños, jóvenes, adultos y personas mayores.

Hay disfraces hechos en casa, máscaras compradas, piezas heredadas y creaciones nuevas.

El carnaval es un espacio donde la identidad se transmite de generación en generación,
y cada familia aporta su estilo, su música, su tradición.

Aquí la fiesta no se mira: se vive y se trabaja.

🔥 Más que una fiesta: una identidad que no se rompe

El Carnaval de los Locos es parte del ADN del pueblo:
una mezcla de historia prehispánica, evangelización franciscana, artesanía,
tierra y memoria comunitaria.

Es tradición, sí…
pero también es economía, arte, convivencia, orgullo,
y sobre todo: comunidad.

En Tlalcilalcalpan,
la tradición no se conserva: se vive.

En cada disfraz, en cada banda y en cada comparsa,
late una verdad profunda:
San Pancho cambia, pero no olvida su raíz.

🎭 Industria de máscaras: arte que trasciende fronteras

En San Francisco Tlalcilalcalpan, las máscaras no son solo parte del carnaval: son arte, oficio, sustento y orgullo.

Aquí, entre talleres familiares, herramientas viejas, olor a látex y mesas llenas de pinturas y cabellos postizos, se fabrican algunas de las máscaras más impresionantes del Estado de México.

Un oficio transmitido de generación en generación, donde cada pieza cuenta una historia.

De tradición agrícola a capital de las máscaras

Aunque el pueblo tiene raíces agrícolas,
durante el último siglo surgió una nueva vocación:
la creación artesanal de máscaras y disfraces.

Actualmente existen alrededor de 20 talleres familiares,
cada uno con su estilo, su técnica y su historia.

Las máscaras de Tlalcilalcalpan se venden en:

  • ferias de todo el país,

  • eventos de Día de Muertos,

  • carnavales,

  • festivales culturales,

  • y pedidos personalizados que llegan por redes sociales.

Lo que comenzó como un oficio local,
hoy se ha convertido en una industria creativa reconocida.

Talleres familiares: ahí donde nace la magia

Los talleres no son fábricas:
son casas, cocheras, patios, cuartos adaptados donde trabaja la familia completa.

En una misma mesa puede haber:

  • moldes de barro,

  • látex fresco,

  • pinceles gastados,

  • cuchillas,

  • espumas,

  • piezas secándose junto a ropa tendida,

  • y bocetos colgados en la pared.

Es un arte que combina creatividad, paciencia y técnica,
hecho con la misma devoción con la que se preparan los disfraces del carnaval.

👺 Técnicas artesanales con alma mexicana

En San Pancho se usan materiales y técnicas que mezclan lo tradicional y lo moderno:

  • papel maché,

  • látex,

  • hule espuma,

  • resina,

  • modelado en arcilla,

  • estructuras con alambre o fibra,

  • injertos de cabello o fibras sintéticas,

  • pintura detallada a mano.

Cada taller desarrolla su propio estilo:
algunas máscaras parecen salidas de películas,
otras conservan el diseño rústico de hace décadas.

Todas tienen algo en común:
están hechas con alma.

💰Una economía hecha a mano

Las máscaras no son baratas ni fáciles de hacer.

Un disfraz completo puede costar entre $5,000 y $20,000 pesos,
dependiendo del detalle, la complejidad y los materiales.

Los artesanos empiezan a trabajar desde febrero para alcanzar los pedidos del año.

Gracias a esta industria:

  • se sostiene a decenas de familias,

  • se generan empleos locales,

  • se atrae turismo cultural,

  • y se fortalece la identidad del pueblo.

Es una economía que nace del esfuerzo,
pero también del orgullo de crear arte que trasciende fronteras.

🌟 Máscaras que cruzan el país… y más allá

Las máscaras de San Francisco Tlalcilalcalpan han llegado a:

  • festivales nacionales,

  • presentaciones de Día de Muertos,

  • ferias artesanales,

  • escenografías,

  • obras de teatro,

  • concursos de disfraces,

  • y hasta colecciones privadas.

Nombres como Bestial Mask FX o Infernal Jack,
creados por artesanos locales,
ya tienen reconocimiento en México y en el extranjero.

No es casualidad:
la calidad, el detalle y el estilo del pueblo son inconfundibles.

🧑‍🎨 Orgullo del pueblo: arte que nace del barrio

Aquí, el arte no viene de escuelas ni academias:
viene de barrios, familias y comparsas.

Cada máscara lleva la mano, la historia y el esfuerzo de quien la hace.

Son piezas que no solo se usan…
se heredan, se guardan, se cuentan y se presumen.

Para San Pancho,
la máscara no es un accesorio:
es identidad.

Entre pintura, látex, alambre y creatividad,
la industria de máscaras ha llevado el nombre del pueblo a todos lados.

Es el arte que nos identifica.
Es el oficio que no muere.
Es la tradición que sigue creciendo.

🌄 Geografía, clima y vida cotidiana

San Francisco Tlalcilalcalpan es un pueblo que se vive con los sentidos:
el frío de la mañana, el ruido de los cohetes, la neblina que baja del Nevado, los campos que bordean las calles, los tamales del amanecer y las bandas de la tarde. Aquí, la vida cotidiana se mezcla con el paisaje.

🏔 Un pueblo a 2,770 metros de altura

El pueblo se encuentra a 2,770 metros sobre el nivel del mar,
en una zona fría, agrícola y montañosa del Valle de Toluca.

Desde cualquier punto se siente la presencia del Xinantécatl,
que domina el horizonte y define el clima, la humedad y el carácter de la región.

Esta altura marca la vida diaria: las mañanas pueden estar bajo cero,
y el viento de la tarde recuerda que estamos en tierras altas.

🌫 Clima que abraza y acompaña

El clima es templado subhúmedo, con estaciones bien marcadas:

  • Mañanas neblinosas, perfectas para el atole o el café caliente.

  • Mediodías soleados, ideales para trabajar en el taller o en la obra.

  • Tardes frías y ventosas, donde el pueblo se llena de olores a leña, pan y comida casera.

En invierno, la temperatura puede descender por debajo de 0°C, y la neblina cubre el pueblo con una atmósfera casi mítica. Este clima es parte inseparable de la identidad del lugar.

🌽 Entre calles, comercios y milpas

Aunque Tlalcilalcalpan ha crecido mucho,
sigue siendo un pueblo donde las parcelas, las milpas y los magueyes conviven con las calles y las casas.

La frontera entre pueblo y campo es difusa:
puedes caminar unos metros y pasar de la tienda de la esquina al terreno sembrado.

Es una mezcla que define el carácter del lugar.
Aquí conviven:

  • comercio,

  • agricultura,

  • oficios,

  • talleres de máscaras,

  • y vida familiar en cada calle.

Un equilibrio entre lo antiguo y lo actual.

🏘 Calles vivas, comercio vivo

Con más de 550 negocios, el pueblo late al ritmo del comercio:

  • abarrote,

  • panaderías,

  • ferreterías,

  • carnicerías,

  • estéticas,

  • tortillerías,

  • cocinas económicas,

  • talleres artesanales,

  • refaccionarias.

Las compras se hacen por confianza, por nombre y por vecindad.

No se necesita buscador: basta saber quién vende qué y en qué calle vive.

Es una economía hecha de trato directo, palabra y familia.

👪 Vida cotidiana: familia, oficio y tradición

La vida diaria en San Pancho se mueve entre:

  • sacar a los niños a la escuela,

  • trabajar en la obra o en el taller,

  • preparar comida casera,

  • abrir el negocio del día,

  • ensayar con la banda,

  • visitar a la familia,

  • y participar en las actividades del barrio o la comparsa.

Aquí todo se comparte:
la fiesta, el trabajo, los problemas y la celebración.

Es una comunidad donde la familia y la tradición sostienen la vida cotidiana.

🍲 Olores, sonidos y costumbres

En un solo día puedes escuchar:

  • gallos,

  • cohetes,

  • bandas ensayando,

  • vendedores ambulantes,

  • y el sonido de la misa del templo.

Y puedes oler:

  • pan recién salido,

  • barbacoa,

  • leña,

  • tamales de haba o frijol,

  • y comida casera en cada cuadra.

Aquí la vida se siente con los cinco sentidos.
No es solo un lugar: es una forma de vivir.

Entre neblina, comercio, familia y tradición, San Francisco Tlalcilalcalpan se ha convertido en un pueblo moderno sin perder su raíz:
un lugar donde la vida cotidiana sigue teniendo alma de comunidad.

📊 Reconocimientos actuales, población y datos relevantes del pueblo

San Francisco Tlalcilalcalpan no solo tiene historia:
tiene presencia, crecimiento y reconocimientos que hablan de su fuerza como comunidad.

Estos son los datos que definen al pueblo en el presente.

👥 Población actual y crecimiento

Tlalcilalcalpan es la localidad más poblada del municipio de Almoloya de Juárez.

Según los datos recientes:

  • Población total: entre 16,509 y 17,235 habitantes

  • Hogares: más de 4,000 familias

  • Crecimiento 2010–2020: 20–25%

  • Edad promedio: 29 años

Es un pueblo joven, en crecimiento y con fuerte presencia de familias jóvenes y niños.

🧭 Ubicación estratégica en el Valle de Toluca

El pueblo está ubicado en:

  • 19°17’32” latitud norte

  • 99°46’08” longitud oeste

  • A 2,770 metros de altura

Está a 15 km de Toluca, lo que permite:

  • flujo constante de comercio,

  • conexión con zonas urbanas,

  • acceso a mercados más grandes.

Su cercanía a la capital del Estado de México le da una ventaja social y económica.

🏞 Reconocimiento como pueblo indígena otomí

San Francisco Tlalcilalcalpan está reconocido como pueblo indígena otomí por instituciones nacionales.

Esto no solo reconoce su origen histórico,
sino su estructura comunitaria,
sus tradiciones vivas,
y su relación ancestral con la tierra.

Este reconocimiento es fundamental para:

  • programas sociales

  • proyectos culturales

  • protección del patrimonio

  • derechos colectivos del pueblo

🌾 Territorio y geografía humana

San Pancho está rodeado de comunidades hermanas:

  • Besana Ancha

  • La Cañada Grande

  • San Isidro el Reservado

  • San Antonio Acahualco

Forma parte de la cuenca Lerma–Toluca, con ríos como:

  • Almoloya

  • Tejalpa

  • afluentes del Lerma

Geográficamente, es un punto clave dentro de la región.
Socialmente, es un pueblo con vida propia y presencia regional.

🛍 Economía local: un pueblo que produce

El pueblo genera un output económico estimado de 760 millones de pesos al año.

Tiene alrededor de 550 establecimientos comerciales:

  • tiendas

  • oficios

  • servicios

  • talleres

  • artesanos

La economía es mixta:

  • agrícola (maíz, frijol, hortalizas)

  • ganadera (bovinos, porcinos, aves)

  • artesanal (máscaras, disfraces, manualidades)

  • comercial (tienditas y microempresas familiares

🗺 Territorio histórico: de municipio a movimiento actual

Tlalcilalcalpan fue municipio independiente en 1870,
pero perdió esa categoría en 1892 al ser anexado a Almoloya de Juárez.

En 2003 surgió un conflicto territorial por límites modificados sin consultar a la comunidad.

Desde 2018, el Grupo Juan Corrales impulsa el reconocimiento de Tlalcilalcalpan como municipio indígena otomí,
buscando convertirse en el municipio 126 del Estado de México.

Más que un trámite administrativo,
es la expresión de una identidad fuerte,
una historia de lucha,
y una organización comunitaria viva.

Somos un pueblo con memoria, raíz y camino

San Francisco Tlalcilalcalpan no es solo el nombre de un lugar:
es la historia de un valle antiguo,
de un pueblo que luchó por su tierra,
de familias que trabajan con devoción,
de barrios que se organizan,
de comparsas que se preparan todo el año,
y de un caracol que recuerda de dónde venimos.

 

Somos herederos de los calpullis,
de la fe que levantó la iglesia,
de la lucha de Juan Corrales,
del oficio que moldea máscaras,
y del carnaval que cada año nos recuerda quiénes somos.

Aquí, cada calle, cada negocio, cada familia y cada fiesta
lleva un pedacito de nuestra historia.

 

En San Pancho,
la tradición no se cuenta: se vive.

Cambiamos, sí.
Crecemos, también.

Pero seguimos siendo un pueblo donde la memoria se cuida,
donde la raíz se honra,
y donde el camino lo construimos juntos,
paso a paso, en espiral,
como el caracol que nos dio nombre.

 

 

Así somos.
Y así seguiremos.

Parroquia de San Francisco de Asís en San Francisco Tlalcilalcalpan